miércoles, 24 de abril de 2013

Un amor para siempre

En mi trabajo estoy siempre rodeada de mujeres. Mujeres con una edad comprendida entre los 18 y los 35 años, año mas, año menos. Y quitando las mas pequeñas, la mayoría de nosotras está casada o con pareja estable. No nos dedicamos a hablar de nuestra privada, aunque a lo largo del día es inevitable hacer algún que otro comentario. Muchas también tenemos hijos. Hasta hace un par de años hubiera dicho tienen... Pero desde que llegó LaDani, todo cambió. Las conversaciones también.
Antes de empezar esta magnifica experiencia de la maternidad, había algo que me sacaba realmente de quicio en todas las mujeres que ya habían sido madres.
Y era la clásica frase que todas hemos tenido que escuchar 1000 veces, antes o después  en algún momento, en alguna conversación. La frase dice as o menos así: "tu no puedes entender porque no tienes hijos"... Con ese rin-tin-tin tan irritante...
Y yo siempre me preguntaba que era lo que no podía entender. 
Si hablamos de amor, yo he amado, yo se amar, yo amo (era lo que me decía para mis adentro). Porque no puedo entender?
Si hablamos de preocupaciones yo también me preocupo por los demás  A diario nos preocupamos por la gente que nos importa. No hace falta tener hijos para saber que se siente.
Si hablamos de alegría, yo también tengo personas que me hacen feliz. O vivo a diario situaciones graciosas que me hacen feliz....
Y seguía dándole vueltas y vueltas, sin saber que era realmente cierto, que era verdad: que todas estas sensaciones no tienen nada que ver con "SER MADRE".

Y ahora, sin darme cuenta, cuantas veces habré pronunciado ya esa frase que tanto critiqué???
Cuantas veces habré dicho en estos últimos 2 años a las amigas, compañeras, conocidas, que no pueden entender esto o aquello, porque no son madres?
Es que realmente no te puedes aguantar. Lo tienes que decir!!!
Debe de ser que con los cambios hormonales que sufre una mujer cuando se transforma en madre, también se produce alguna rara reacción química en el organismo, cuyo resultado es que se te mete esa frase en el cerebro y no puedes evitar pronunciarla.

Lo que está claro, es que hay una gran verdad en todo este rollo que me da vueltas por la cabeza en mis largos trayectos solitarios en coche: el amor que se prueba por un hijo es algo incomprensible para quien no lo ha vivido. Para quien no lo vive a diario.

Es un amor que te hace sentir invencible. Que te da una fuerza que no es comparable con nada. 
La mirada y la caricia de un hijo te hace sentir un cosquilleo en el estomago que no tiene nada que ver con las mariposas que sientes cuando te enamoras de un chico.
Es un amor superior, diferente, absoluto. Increible. Para siempre.

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