jueves, 4 de agosto de 2016

El cielo es azul. Siempre.


Estoy viajando en avión. Uno de los ya miles de vuelos que habré cogido. Uno de los vuelos que haces sin apenas darte cuenta de que estas volando a miles de kilómetros de altura, uno de los vuelos que haces sin mirar por la ventanilla en ningún instante. Yo y mi cabeza metidos en mi mundo. Ese mundo caótico y nunca bien definido que es nuestra cabeza.

Pero hoy es diferente. Hoy dos niños sentados detrás mía, con sus voces y sus razonamientos y sobre todo su ilusión por verlo todo, descubrirlo todo, vivirlo todo, han encendido dentro de mi ternura y curiosidad.

Una sonrisa se ha dibujado en mi cara, he soltado ese móvil que siempre nos acompaña y que parece ya una extremidad mas de nuestro cuerpo y he mirado por la ventanilla. Mientras observaba, atenta, me vino a la cabeza algo que había leído hace algunas semanas en el libro “Las gafas de la felicidad” de Rafael Santandreu que decía que tendemos, por naturaleza, a ir tan rápido que nos olvidamos de disfrutar de lo bello. De cultivar las cosas bellas. De detenernos cada hora, por ejemplo, a observar nuestro entorno y buscar cuan bella es la vida.

Y así fue, como me he pasado 20 minutos observando un manto blanco perfectamente imperfecto de nubes, tan brillantes, tan mulliditas, tan nata montada, tan algodón de azúcar, tan bonitas…que dan ganas de lanzarse…

Y así fue como me he dado cuenta que a completar esa imagen tan perfecta, estaba la otra mitad del cuadro: un cielo azul, tan azul y tan despejado que casi asustaba por su intensidad. Y no pude evitar pensar en vosotras, mis niñas. Prometerme a  mi misma que como madre tengo el deber de recordaros que detrás de la nubes el cielo siempre es azul!

Porque?
Pues porque no soy partidaria de la sobre protección. Porque aunque os mantuviera en una caja de cristal nada ni nadie impedirá que tengáis vuestros bajones y vuestras dificultades, porque la vida es así de difícil a veces y yo no podré protegeros de eso. Porque por mucho que me muera por veros siempre sonreír, hay momentos en los que tenemos que llorar. Porque las carreras nunca son cuesta abajo. Porque estamos rodeados de personas que nos harán muy felices y otras que nos harán mucho daños, inevitablemente.

Y cuando lleguen esos días, lo único que podré hacer como madre, será sentarme a vuestro lado esperando a  que pase el chaparron (o las semanas enteras de lluvia que tenemos aquí por Galicia) y recordaros que simplemente, detrás de las nubes, el cielo es azul. Siempre!
 
 
 

 

 

 

 

 

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